miércoles, 21 de diciembre de 2011

Los Reyes Magos


Estela era una niña de nueve años que vivía con su madre Yolanda. Su familia quedaba muy lejos y hacía años que había perdido todo contacto con ella.

Se acercaban las fiestas de Navidad, Fin de Año, y el Día de los Reyes Magos; días felices para muchos, pero difíciles para otros. La crisis económica aquel año había hecho perder a Yolanda su trabajo, complicando así el mes de diciembre que tanto le gustaba a su hija.

Un día, antes de que finalizaran las clases, Estela llegó a casa muy ilusionada: ya sabía lo que iba a pedirle a los Reyes Magos. Yolanda, que sólo pensaba en cómo conseguir el sustento del día a día, no pudo evitar exaltarse con Estela.

- Estela, los Reyes Magos no creo que puedan venir este año. Hay muchos niños que los necesitan más que... nosotras.

- Pero los Reyes Magos pueden cumplirlo todo, mamá.

- A veces... verás...

- Confía en mí, mamá -la joven sonreía, ilusionada.

- Estela, ¡los Reyes Magos no existen! ¿Vale? -Yolanda se llevó las manos a la boca y, luego, cubriendo sus ojos, empezó a llorar.

La pequeña, entristecida, se fue a su colchón y se envolvió en la manta para dormir. Los Reyes Magos existían, y se lo iba a demostrar.

Habían acabado las clases. Estela recorría las calles vestidas de luces para las fechas señaladas que se aproximaban. La gente, trajeada, iba de una tienda a otra comparando precios, regalos, y esas cosas que se hacen, en ocasiones, sin ver más allá que el simple afán de consumismo. Los artistas incomprendidos en la sociedad salían entonces a tocar sus instrumentos, a pintar sus cuadros, a envolver con su magia la gran avenida por la que la joven caminaba feliz. Reparó, de casualidad, en un señor mayor que hacía sonar un viejo violín astillado. No lo hacía muy bien, pero eso no le impedía seguir tocando.

Estela, maravillada, dejó caer en su gorra parte de las monedas que llevaba. Él sonrió. Y ella continuó su camino.

Había dibujado un cuento para su madre con folios y colores que le habían dado en la escuela. En él, aparecía una pulsera, y eso era lo que ella buscaba en los distintos comercios. Llegó a una pequeña plaza entre dos grandes edificios, donde un grupo de pequeños puestos ambulantes vendía mochilas, carteras, colgantes, pendientes, faldas, bufandas, pañuelos y... pulseras; una de ellas, muy bonita.  Preguntó el precio, y se sintió bien al comprobar que le llegaban sus ahorros. Introdujo, pues, su mano en el bolsillo.

- Oh, no...

No había nada. Sólo un agujero ocupaba el lugar donde debía estar el dinero. La joven abrió los ojos, asustada, y después de asegurarse de que no lo llevaba encima, empezó a buscar por el suelo. Tenía que encontrarlo. Daba igual cómo, no importaba cuándo. Regresó sobre sus pasos, intentando comprobar cada resquicio del suelo, pero había demasiada gente y apenas podía detenerse sin que la empujaran de un lado a otro.

Llegaba ya al comienzo de la avenida, sin resultado alguno, cuando el señor del viejo violín dejó de tocar. Estela no se había dado cuenta, pero le miró de casualidad, y él aprovechó para preguntarle qué le ocurría.

- He perdido el dinero. No puedo llevarle un regalo a mi madre. Ella tiene que saber que los Reyes Magos existen... -sin poderlo remediar, se echó a llorar.

El hombre, amable, le apartó con delicadeza las manos del rostro y le mostro su mano abierta y vacía, la cerró, e hizo aparecer una linterna. Así, los dos, juntos, buscaron las monedas perdidas... pero no las encontraron.

Estela, tranquila, mas muy triste, tiró del brazo de su nuevo amigo, que estaba agachado, y le dio las gracias.

- Estela, tu nombre suena a estrella... ¿sabías que fue una estrella la que guió a los Reyes Magos hasta el niño Jesús?

- Sí, me lo han contado en el cole.

- Tengo una idea, y una pulsera. Verás, la perdió una niña hace mucho, mucho tiempo. Una niña como tú. Quiero que te la quedes, y se la regales a tu madre. De parte de los Reyes Magos.

- Pero esa niña la estará buscando.

- Hay personas que dejan de buscar antes de haber empezado...

- Eso es triste.

- Si te la llevas, harás feliz a esa niña que la perdió, ya lo verás.

- Muchas gracias.

Estela tomó la pulsera y se marchó a casa.

Llegó la Navidad y Estela le regaló el cuento que había hecho a su madre, alegando que había que celebrar el nacimiento de Jesús. Yolanda, con esfuerzo, elaboró un delicioso pastel de galletas y chocolate. Disfrutaron de un dulce día de Navidad cantando villancicos y olvidando, por un momento, las dificultades de la vida.

Al caer la noche, Yolanda le acariciaba el pelo a su hija:

- Cariño, siento lo que dije el otro día.

- No te preocupes, mamá.

- No quiero que te pongas triste si no vienen los Reyes.

- Van a venir, mamá.

Yolanda suspiró, besó sus cabellos y se marchó.

Llegó el año nuevo y con él, nuevos días, y pronto, nuevas ilusiones. El 6 de enero hizo aparición con un amanecer de esos en los que el sol se luce cual pintor y tiñe de colores el cielo, y de brillo las flores con gotas de rocío. Yolanda había tejido un jersey azul con un oso panda bordado, apoyado en una nube. Cuando Estela se levantó y vio a los pies de su cama la prenda, se vistió con ella y, con la mejor de sus sonrisas, fue a despertar a su madre:

- ¡Mamá, mamá! ¡Los Reyes te han traído algo!

Yolanda, extrañada, se incorporó en la cama. Su hija le tendía algo envuelto en un pañuelo de tela. Lo tomó.

- Estela, cariño...

- Yo no he sido, mami. Han sido los Reyes.

Desenvolvió la ofrenda, quedando sorprendida, anonadada por lo que estaba viendo. Era una pulsera de cuero, unida por tres monedas plateadas en las que salían representados, con un dibujo, el oro, el incienso, y la mirra.

- ¿Te gusta, mami?

- ¿Dónde...?

- Me la dio un señor, de parte de los Reyes Magos.

Estela no se había imaginado la posibilidad de que la niña que había perdido esa pulsera tanto tiempo atrás, fuera su madre, Yolanda.

Quizás nos apresuramos demasiado en afirmar que la magia no existe. ¿No son acaso reales las ganas de quien ofrece un regalo? ¿Y la ilusión de quien lo recibe? Claro que sí. En este cuento era un señor con un viejo violín. Cada 6 de enero en el que una persona consigue una sonrisa en otra, se convierte en los Reyes Magos más auténticos que podamos encontrar.

¡Felices fiestas!
María Beltrán Catalán

domingo, 4 de diciembre de 2011

¿Qué es ser excluido? “Lo que nadie quiere”.

El Seminario Menor de Sevilla visita el Centro Amigo


 Apenas llevaba un mes siendo voluntaria en Cáritas Diocesana de Sevilla cuando me ofrecieron la oportunidad de ir en nombre de Comunicación a Centro Amigo, con motivo de la visita del Seminario Menor de Sevilla, para sacar fotografías del evento.

En realidad es sorprendente lo rápido que puedes sentirte parte de algo. En Comunicación me acogieron con ganas, y rápidamente empezaron a contar conmigo de verdad. Supongo que sentirse útil para los demás, para Dios, es una sensación irremediablemente hermosa.

Hacía apenas dos días que había acudido a Centro Amigo para conocerlo. Era un centro de acogida para personas sin hogar, inmerso en un proyecto llamado Vínculo en el que se incluyen otros dos centros para atender a otras necesidades. En Centro Amigo se ofrece alojamiento, alimento, educación, formación, etc., no con un carácter asistencial, sino promocional, con el fin de reinsertar en la sociedad, de nuevo, a estas personas. Al conocerlas, empecé a cuestionarme aspectos en los que, posiblemente, no había pensado antes: ¿cuándo una persona deja de ser persona? ¿Cuándo un derecho deja de ser derecho? ¿Desde cuándo la posesión material y económica hace más humana a las personas, y menos a quienes nada de eso tienen? ¿Quién se cree con derecho a juzgar la suerte de estas personas, sin haberse puesto en sus zapatos?

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Cuando llegó el Seminario Menor y se unió a la merienda con los acogidos y voluntarios, hubo un momento en el que me di cuenta de que no sabría distinguir a un acogido o acogida de un voluntario o voluntaria. Y eso está bien, porque nadie es mejor o peor, sino diferente. ¡Qué valor tener voluntad para salir de la calle! ¡Pero qué bondad también para quienes de manera altruista colaboran a que esto sea posible!
El Seminario Menor es un grupo de jóvenes con vocación al sacerdocio, y con el apoyo de unos sacerdotes-formadores y un padre espiritual, van descubriendo cuál es la llamada concreta del Señor a seguirle. La primera impresión que tuve fue de sorpresa. Chavales de 13 a 18 años entraban por la puerta del Centro.

Después de la merienda, hubo una charla en la que se les explicó cómo funcionaba Centro Amigo, y se les permitió espacio para hacer preguntas sobre las inquietudes o dudas que pudieran tener. Algunas de las reflexiones que tuvieron lugar en aquel encuentro fueron... ¿Qué es ser excluido? “Lo que nadie quiere”. ¿Nacen las personas excluidas? Algunas sí, y otras no, depende de las condiciones familiares y contextuales de la persona. Si todos somos ciudadanos, todos deberíamos tener derecho a serlo de verdad, sin embargo, esto no es así.
Centro Amigo se encarga también de la educación de estas personas en cuanto a las relaciones sociales: cómo respetar el turno de palabra, cómo pedir una cita, cómo hablar, cómo dormir... Y el colectivo al que atiende es aquel que se encuentra olvidado, “el que nadie quiere”, del que nadie se ocupa; de las personas que llevan más de ocho o diez años en la calle y han perdido todo lazo de unión con la sociedad.

El sacerdote que acompañaba a los jóvenes, dijo que la labor de Cáritas, de Centro Amigo, era diferente a las demás, ya que no “se ayuda” a las personas, sino que “se las ama de corazón y con la fe”.

Después se les enseñó la casa, hasta culminar en la pequeña capilla (una habitación pequeña, con Cristo en la cruz frente a la puerta, con velas en un pequeño altar y sillas alrededor pegadas a la pared). Apenas entrábamos todos. Yo me quedé en la puerta. Fui testigo de lo hermoso que es ver a jóvenes arrodillarse ante la cruz, sintiendo la fe que emana de sus actos. Fue uno de estos chicos quien me ofreció el poema que íbamos a leer antes de la oración conjunta. Profunda, bella, y escrita por las personas en acogida.

Al acabar, llegó el momento de la despedida. Hablé con uno de los chicos del Seminario Menor. Creo que si tuviera que resumir sus palabras a mi pregunta de ¿qué te movió a acercarte al mundo del sacerdocio?, lo haría así “porque siento que es la manera en la que Dios quiere que me dé al mundo”. Hay personas que parecen realmente tocadas por Dios, que ya hablen o callen, trasmiten una sensación de paz, de seguridad, que otras no. Este chico fue quien, tras haber preguntado qué me movía a ser voluntaria, me citó el siguiente fragmento bíblico, llegando a emocionarme:

34 Entonces el rey dirá a los de su derecha: ‘¡Venid, benditos de mi Padre, recibid la herencia del reino preparado para vosotros desde el comienzo del mundo! 35 Porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber; era forastero y me acogisteis; 36 estaba desnudo, y me vestisteis; enfermo, y me visitasteis; en la cárcel y vinisteis a verme. 37 Entonces los justos le responderán: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, o sediento y te dimos de beber? 38 ¿Cuándo te vimos forastero, y te acogimos; o desnudo y te vestimos?, 39 ¿Cuándo te vimos enfermo o en la cárcel y fuimos a verte? 40 Y el rey les dirá: en verdad os digo que cuanto hicisteis a uno de estos hermanos míos más pequeños, a Mí me lo hicisteis.” (Mateo 25, 34-41)

Quizás deberíamos replantearnos la manera en la que tratamos (si es que llegamos a tratarlas) a las personas que no tienen hogar y viven en la calle. Si somos de esos que pasan de largo, como si no fueran nadie; o somos conscientes de que tienen nombre, historia (pasado), y un futuro incierto, como nosotros. Si sabemos que son personas maltratadas por una sociedad que ha olvidado al ser humano, por un mundo que parece haber elevado el capital económico por encima de nuestras cabezas. Si somos conscientes de que no debemos aceptar que siga habiendo personas en la calle, que no podemos asumir esa realidad como algo inmutable. Dios está siempre y en todas partes, llamándonos a  actuar, a darnos al prójimo, “a amar de corazón y con la fe”, porque sólo así se cambia el mundo. Y aunque a veces sintamos que lo que hacemos, no sirve de nada, podemos recordar las palabras de nuestra Madre Teresa de Calcuta: “a veces sentimos que lo que hacemos es tan solo una gota en el mar, pero el mar sería menos si le faltara una gota.”
Que Dios os bendiga.
María Beltrán Catalán
Miembro del equipo de Comunicación
Cáritas Diocesana de Sevilla

sábado, 26 de noviembre de 2011

ADVIENTO, TIEMPO DE SER SAMARITANOS


Se abre el Año Litúrgico con las cuatro semanas que comprende el tiempo de Adviento. En este periodo, la espiritualidad cristiana se centra en la renovación de la esperanza en los fieles. Es verdad que el objeto principal de nuestro esperar no son los bienes de esta vida, que “la herrumbre y la polilla corroen y los ladrones desentierran y roban” (Mt 6,19), sino el mismo Jesucristo como garantía para lograr los bienes prometidos.

Pero a la vez, nuestra condición de “espíritu encarnado” requiere satisfacer las necesidades más elementales, de ahí que el Señor Jesús enseñará a sus discípulos a rogar al Padre por “el pan nuestro de cada día”.

Sin embargo, en la actualidad estamos viviendo una crisis globalizada de la “sociedad del bienestar”, que había creado tantas esperanzas humanas en la mayoría de los ciudadanos. ¿Qué es lo que nos ha conducido a este abismo? Han contribuido de manera decisiva el vivir por encima de nuestras posibilidades económicas, la codicia colectiva y la corrupción institucional y personal. Luego vendrán los análisis de los expertos políticos, económicos y financieros, que expondrán concienzudos estudios, que el gran público no entiende, y que los medios de comunicación los despachan en grandes titulares. Lo cierto es que, en estos momentos, el pueblo llano experimenta confusión, incertidumbre y auténtica angustia. Porque ya son muchos los millones de personas que, en un corto espacio de tiempo, se han visto sin trabajo y están viviendo verdaderas tragedias familiares. Esto está originando un clima de agresividad creciente que puede hacer peligrar las bases mismas de las instituciones democráticas.

Ya en 1991, después del fracaso del colectivismo marxista, el beato Juan Pablo II había puesto en guardia contra el peligro de una idolatría del mercado, que ignora la existencia de bienes que, por su naturaleza no son ni pueden ser simples mercancías”. En muchas ocasiones fue tachada la Iglesia Católica de aguafiestas, cuando denunciaba que “la simple Europa de los mercaderes”, que prescindía de sus raíces cristianas, estaba llamada al fracaso ¡Desgraciadamente estamos asistiendo a su cumplimiento!

Benedicto XVI, en su encíclica Caritas in Veritate, ha mostrado cómo la actual crisis no es solamente de naturaleza económica y financiera sino, ante todo, de tipo moral, además de ideológica. La economía, sea personal o corporativa, tiene necesidad de la ética para su correcto funcionamiento.

Y no una ética cualquiera, sino de una ética amiga de la persona, que evite tanto el individualismo como el utilitarismo, y la prometeica ideología tecnócrata.

¿Qué puede hacer el cristiano ante esta situación? Si se está en condiciones de aportar iniciativas emprendedoras, hacerlo. Y siempre cumplir estrictamente los deberes ciudadanos, porque éstos se dirigen hacia la solidaridad. Ello no agota el cumplimiento de la esperanza, porque los cristianos están sobre la tierra, pero su ciudadanía es la del cielo (Carta a Diogneto). Además, se someten a las leyes establecidas, pero con su propia vida superan las leyes (Ibid.) porque viven de, por y para la caridad.

La Iglesia, cuidadosa Madre de sus hijos, encauza el caudal samaritano hacia los más necesitados de esta situación como puedan ser: los parados, los sin techos, los desamparados y desesperados…mediante la ayuda personal y de las organizaciones caritativas, que tanto bien están haciendo a la sociedad.

Esta es la respuesta que pide el Adviento, que las exigencias materiales estén presentes también en el ámbito de la esperanza. Ella nos libra del pesimismo inoperante y del desaliento. Incita a la superación, facilita la revisión de nuestro camino personal y comunitario. Estimula a buscar nuevas reglas que eviten los abusos y fomenten la sobriedad. Y por último, dilata el alma en la espera la bienaventuranza eterna. En definitiva, el realismo esperanzador dinamiza las culturas, cambia los corazones y transforma las estructuras.

Carta firmada por:
+ Juan del Rio Martín, Arzobispo Castrense

jueves, 3 de noviembre de 2011

LA CARIDAD ACTIVA ANTE LA CRISIS

Los datos que en estos últimos días ha presentado la Encuesta de Población Activa, en relación al desempleo, son apabullantes. Estamos batiendo records en el número de parado y ante la frialdad de las estadísticas, que en este momento ni siquiera se perciben como frías, sino como hirvientes, está el drama humano de cada una de las personas, de las familias que se encuentran en esta terrible situación.
Cinco millones de parados, o 4.360.926 personas para ser exactos es el resultado del aumento de 144.700 personas en el tercer trimestre del año, lo que ha situado la tasa del desempleo en el 21,52%, porcentaje que en el peor de los casos hace unos años era imposible de imaginar. Solo un tercio de la población española tiene trabajo.
Tenemos 2.117.300 personas que perdieron su empleo hace más de un año, el 42,5%, casi la mitad, del total de los que no tienen trabajo.
Como siempre las mujeres llevan las de perder ya que la tasa de paro femenina es mayor que la masculina, un 22,10% frente al 21,04% de varones.
Cuando nos centramos en nuestra Andalucía, el número de personas paradas ascienden ya 1.232.900 personas, con lo que superamos el 30% del total de nuestra población, pero no solo eso, en este periodo, el 37,3% de los nuevos desempleados son residentes en nuestra Comunidad. Con respecto a los parados de larga duración hemos llegado a la cifra alarmante del 48%, casi la mitad del total de los desempleados 592.200 personas. Con estos número de denota claramente que el paro es una lacra estructural en nuestra sociedad andaluza. Estos números provocan que cerca de 400.000 hogares lo forman familias andaluzas en la que todos sus miembros están sin  empleo.
Al contemplar nuestra diócesis de Sevilla,  tenemos 257.500 personas en paro, el 28% de la población de nuestra provincia, con 87.200 familias en las que ninguno de sus miembros tiene trabajo. En el último mes en Sevilla se han destruido 7.000 empleos.
El panorama es sombrío, fruto de una estructura social que solo tiene presente los beneficios económicos y la persona queda supeditada ser un elemento más en la cadena productiva. Hay que ser consciente de que cada uno de nosotros con nuestra actitud, con nuestras opciones de vida, con nuestros valores, podemos inferir en mantener este forma de gestionar la economía y el mundo o mediante acciones concretas, pequeñas, pero contundentes en nuestro ámbito podemos ir trabajando para que el fondo que ha provocado esta crisis vaya destruyéndose y apareciendo una sociedad más sostenible, más justa, más humana, más cristiana. Si de verdad creemos en el Señor de la Vida hemos de contemplar su manera de actuar, en lo pequeño, en lo que no cuenta a los ojos del hombre, pero que es grandeza a los ojos de Dios.
No podemos perder la esperanza, no es tiempo de perdedores y no en el sentido economicista, sino en el sentido cristiano. En este tiempo de dureza, los cristianos tenemos la gran tarea de llevar los valores del Evangelio, sembrar a tiempo y destiempo ante los que tenemos al lado, con la esperanza que nos da la fe en Cristo, con ayuda de poner todas las capacidades con que el Señor nos ha dotado para echar una mano a los más débiles, con la denuncia profética, en la confianza de que se cumplirá el Libro del Apocalipsis “ellos le vencieron en virtud de la sangre del Cordero y por la palabra del testimonio que dieron y no amaron tanto su vida, que temieran la muerte”, el “a Dios rogando, pero con el mazo dando”, pero mejor dicho.

miércoles, 12 de octubre de 2011

OBJETIVOS DEL MILENO. ERRADICAR LA POBREZA EN 2015.

Resulta evidente que hemos construido una sociedad, un mundo donde las diferencias sociales, la distribución de los recursos existentes en nuestro planeta es cada vez más escandalosa. La brecha existente entre los países del primer mundo y los del tercer o cuarto mundo, entre los ricos y los pobres aumenta día a día y ello repercute, no ya solo en las condiciones que sufren los más vulnerables, sino en la propia vida de los más pobres.

La Iglesia, a través de los tiempos, y en los últimos periodos a través de su Doctrina Social, no ha parado de denunciar estas situaciones de injusticia, urgiendo a los pueblos y a cada hombre a tomar una actitud proactiva y creativa para luchar contra esta lacra, indigna de un mundo que quiere ser humano.
Unidos a las personas e instituciones que luchan día a día por un mundo más justo y solidario, Cáritas y por tanto la Iglesia apoya los Objetivos del Milenio en línea con la civilización de la justicia y el amor, trabajando por eliminar las estructuras de pecado y hacer surgir caminos de vida y humanidad.
Trabajando por una sociedad más justa, Cáritas lucha por una sociedad más justa y humana, por un auténtico desarrollo de la persona, por una cultura de vida y desarrollo, donde la dignidad de la persona es el centro de todas sus actuaciones.
Objetivos del Milenio. Erradicar la pobreza en 2015.
ü  Erradicar la pobreza extrema y el hambre
ü  Educación universal
ü  Igualdad entre los géneros
ü  Reducir la mortalidad de niños
ü  Mejorar la salud materna
ü  Combatir el SIDA/VHS
ü  Sostenibilidad del medio ambiente
ü  Fomentar una alianza mundial para el desarrollo

Pueden parecer objetivos muy ambiciosos, ante la situación actual del mundo, pero realmente, los Objetivos del Milenio son sólo los puntos mínimos y básicos precisos para la construcción de un mundo mejor.
La importancia de estos Objetivos y la necesidad de que todas las personas de buena voluntad trabajemos por ellos es porque son objetivos de desarrollo, de realización de derechos humanos fundamentales; por estar centrados en la persona como ser humano; porque es posible mediarlos, tabularlos comprobarlos en un plazo determinado; porque, por esta vez, se cuanta con un apoyo político sin precedentes; porque obligan, tanto a los países desarrollados, como los que están en vías de desarrollo; porque son alcanzables y realistas, no son una quimera; porque el logro de uno, repercute en el logro de todos; y porque su consecución favorecerá el desarrollo y la vida de todos los pueblos, de toda la humanidad.
La lucha y consecución por los Objetivos del Milenio, contribuirá al trabajo cristiano por hacer un mundo más humano y fraterno, por preparar el camino al Reino de Dios.  

martes, 4 de octubre de 2011

EL SERVICIO A LOS POBRES HA DE SER PREFERIDO A TODO

Nosotros no debemos estimar a los pobres por su apariencia externa o su modo de vestir, ni tampoco por sus cualidades personales, ya que, con frecuencia, son rudos e incultos. Por el contrario, si consideráis a los pobres a la luz de la fe, os daréis cuenta de que representan el papel del Hijo de Dios, ya que él quiso también ser pobre. Y así, aun cuando en su pasión perdió casi la apariencia humana, haciéndose necio para los gentiles y escándalo para los judíos, sin embargo, se presentó a éstos como evangelizador de los pobres: Me ha enviado para anunciar el Evangelio a los pobres. También nosotros debemos estar imbuidos de estos sentimientos e imitar lo que Cristo hizo, cuidando de los pobres, consolándolos, ayudándolos y apoyándolos.

Cristo, en efecto, quiso nacer pobre, llamó junto a sí a unos discípulos pobres, se hizo él mismo servidor de los pobres, y de tal modo se identificó con ellos, que dijo que consideraría como hecho a él mismo todo el bien o el mal que se hiciera a los pobres. Porque Dios ama a los pobres y, por lo mismo, ama también a los que aman a los pobres ya que, cuando alguien tiene un afecto especial a una persona, extiende este afecto a los que dan a aquella persona muestras de amistad o de servicio. Por esto, nosotros tenemos la esperanza de que Dios nos ame, en atención los pobres. Por esto, al visitarlos, esforcémonos en cuidar del pobre y desvalido, compartiendo sus sentimientos, de manera que podamos decir como el Apóstol: Me he hecho todo a todos. Por lo cual, todo nuestro esfuerzo ha de tender a que, conmovidos por las inquietudes y miserias del prójimo, roguemos a Dios que infunda en nosotros sentimientos de misericordia y compasión, de manera que nuestros corazones estén siempre llenos de estos sentimientos.

El servicio a los pobres ha de ser preferido a todo, y hay que prestarlo sin demora. Por esto, si en el momento de la oración hay que llevar a algún pobre un medicamento o un auxilio cualquiera, id a él con el ánimo bien tranquilo y haced lo que convenga, ofreciéndolo a Dios como una prolongación de la oración. Y no tengáis ningún escrúpulo ni remordimiento de conciencia si, por prestar algún servicio a los pobres, habéis dejado la oración; salir de la presencia de Dios por alguna de las causas enumeradas no es ningún desprecio a Dios, ya que es por él por quien lo hacemos.

Así pues, si dejáis la oración para acudir con presteza en ayuda de algún pobre, recordad que aquel servicio lo prestáis al mismo Dios. La caridad, en efecto, es la máxima norma, a la que todo debe tender: ella es una ilustre señora, y hay que cumplir lo que ordena. Renovemos, pues, nuestro espíritu de servicio a los pobres, principalmente para con los abandonados y desamparados, ya que ellos nos han sido dados para que los sirvamos como a señores.

De las cartas de San Vicente de Paul

sábado, 17 de septiembre de 2011

MOVIDOS POR EL AMOR DE CRISTO

Estoy en medio de vosotros como el que sirve (Lc 22,27). Estas palabras del Señor Jesús son las que centran la vocación y la misión de los voluntarios de cáritas.

La Palabra de Dios nos encarga el cuidado de los huérfanos, las viudas, los pobres y extranjeros, pues no podemos decir que amamos a Dios a quien no vemos si no amamos al prójimo a quien vemos.

La parroquia, la comunidad cristiana es una comunidad de servidores a ejemplo  de Cristo que vino no para ser servido sino para servir (Mt. 20,28). Somos comunidad de servidores: amando al prójimo, sirviendo a los  demás, defendiendo sus derechos, especialmente de los más pobres  y necesitados, defendiendo las injusticias, siendo solidarios con todos los pueblos, con todas las  personas.

El Arzobispo de Sevilla y su Obispo Auxiliar a comienzos de este curso pastoral ha situado la caridad como una de las prioridades pastorales. Nos dice: invitamos a todos a mantener y acrecentar el trabajo en favor de los necesitados, con renovado tesón en las tristísimas circunstancias que estamos viviendo, pues como nos enseña el Papa Benedicto XVI en la encíclica Caritas in Veritate, la caridad “da verdadera sustancia a la relación personal con Dios y con el prójimo; no es sólo el principio de las micro-relaciones, como en las amistades, la familia, el pequeño grupo, sino también de las macrorelaciones, como las relaciones sociales, económicas y políticas”

El obispo es el responsable de la acción caritativa de la Iglesia que preside, responsabilidad que en cada parroquia tiene el sacerdote, hombre de la caridad. Todos los cristianos hemos de ser servidores en las distintas acciones de nuestra vida. Ello no quita para que algunos de nuestros hermanos y hermanas se sientan llamados especialmente a servir, en nombre de todos nosotros, a las personas pobres que acuden pidiendo ayuda a nuestra comunidad. Son los voluntarios de cáritas.

No son como un apéndice de nuestra parroquia, son nuestra parroquia sirviendo a los pobres, por medio de ellos. Y no solo eso, han de ser personas que nos trasmitan las necesidades y dificultades que sufren nuestros hermanos los pobres, que vienen a nuestra comunidad pidiendo nuestra ayuda, sensibilizándonos de la realidad de la pobreza que sufren tantas personas.

La Iglesia es rica y generosa en voluntariado, cosa que podemos afirmar mirando la presencia de los cristianos allí donde hay pobres, enfermos, personas abandonadas y seres humanos excluidos.

No dice el Papa Benedicto XVI en la encíclica “Deus caritas est” que las personas colaboradoras de la Iglesia en el servicio de la caridad “han de ser personas movidas ante todo por el amor de Cristo, personas cuyo corazón ha sido conquistado por Cristo con su amor, despertando en ellos el amor al prójimo. El criterio inspirador de su actuación debería ser lo que se dice en la segunda carta a los Corintios: «Nos apremia el amor de Cristo».

La vida espiritual para el voluntario de cáritas es fundamental. El voluntario tiene que ser persona que encuentre en la Eucaristía su fuerza y alimento. En ella ha de hacer presente que amor a Dios y amor al prójimo son inseparables  y que «cerrar los ojos ante el prójimo nos convierte también en ciegos ante Dios». A ella ha de llevar todo el dolor que encuentra en los demás y ponerlo en las manos del Padre de Misericordia.

Celebrar la Eucaristía y estar al servicio de los otros, en especial de los pobres, son dos formas inseparables de recordar a Jesús.

Ser voluntario es ser un miembro activo y unido a la Iglesia, a la parroquia concreta, en cuyo nombre realiza su misión y a la cual lleva las penas y alegrías de su servicio. La Iglesia es en sí misma como un cuerpo hecho de miembros que ponen cada uno lo mejor de sí mismo al servicio de los otros: unos su capacidad de enseñar, otros su don de profetizar, otros su don de curar, otros su oración desde el lecho del dolor, otros su don de servir a los más pobres y repartir el pan, todos su capacidad de amar.

Los voluntarios son ungidos por el Espíritu para ser Buena Noticia para los pobres. Por ello han de sentirse llamados y enviados por el Señor en el seno de la comunidad cristiana para ser manifestación y testimonio del amor de Dios. Sentir que el servicio, como vocación divina, como un verdadero ministerio de la caridad tan digno y necesario en la Iglesia y en el mundo como cualquier otro. Pero siempre sin olvidar que este servicio, aunque les compete de manera individual, es también tarea que compete a toda la comunidad eclesial. Por ello han de vivirlo como una verdadera vocación, pero muy en comunión con la vida y misión de vuestra comunidad cristiana.

El servicio a la caridad es mirar a los pobres con los ojos de Dios y amarlos con el corazón de Dios. Los voluntarios han de cuidar no caer en la tentación de vivir el servicio caritativo y social sin la experiencia de Dios en la Eucaristía y en los hermanos.





Trabajamos por la justicia y hay que dar a cada uno lo suyo, lo que le pertenece, lo que le corresponde en justicia. Pero la caridad va más allá de la justicia, porque amar es dar, ofrecer de lo mío al otro; pero nunca carece de justicia, la cual lleva a dar al otro lo que es «suyo», lo que le corresponde en virtud de su ser y de su obrar. No puedo dar al otro de lo mío, sin haberle dado en primer lugar lo que en justicia le corresponde. Quien ama con caridad a los demás, es ante todo justo con ellos.

Es necesario recuperar la centralidad y el protagonismo de la persona y promover su desarrollo integral. El auténtico desarrollo humano afecta a la totalidad de la persona en todas sus dimensiones, material y espiritual, individual y comunitaria, natural y sobrenatural. Este servicio a la persona es fundamental en una cultura que limita el horizonte del desarrollo al ámbito material o que reduce el alma humana a lo psíquico y emocional. 

Los voluntarios de cáritas son testigos para el mundo de que es posible y hace feliz, la experiencia de la gratuidad, la experiencia de dar gratis lo que gratis hemos recibido del Señor, y de trascender la justicia con la gratuidad y la misericordia.

Pidamos al Señor que surjan vocaciones al servicio de los pobres en nuestra comunidad y que a todos nos conceda tener un corazón de voluntarios, de servidores de la comunidad, de la Iglesia y en la Iglesia, tal como nos lo enseñó el Señor que no vino a ser servido, sino a servir.

Dios todopoderoso y eterno, que con amor generoso desbordas los méritos y deseos de los que te suplican, derrama sobre nosotros tu misericordia, para que libres nuestra conciencia de toda inquietud y nos concedas que aquello que no nos atrevemos a pedir.


Amén.

Oración del voluntario cristiano de Cáritas